La educación técnica tiene, o mejor dicho, tenía la particularidad de durar seis años en lugar de los cinco que les llevaba a los bachilleres o peritos mercantiles terminar el ciclo medio. Estaba pensada para hijos de obreros y clase media trabajadora y para formar las siguientes generaciones de mano de obra capacitada “que harían grande al país”. Hablamos de la década de los sesenta... Lección de historia que aprendí en la universidad muchos años después.
Sin embargo, para cuando llegó la década del noventa y ésta que les cuenta debió ingresar al colegio secundario era bien distinto el cantar. Primero: la educación argentina en general era de un nivel paupérrimo; Segundo: los únicos colegios públicos que más o menos brindaban algo de formación específica eran los técnicos; Tercero: ir al Industrial estaba de moda…
Desde los cuatro años sabía que estudiaría en el mismo Instituto privado y mixto con régimen de internado al que asistieron mi abuela y mi padre (no lo nombro, pero baste decir que Alana sí cumplió con el plan educativo familiar hasta las últimas consecuencias y título universitario allí obtenido). Estaba claro y asumido. No obstante, llegado el momento de armar las maletas miré a Ida y creo que con patetismo en la voz dije:
– Mami –cosa que de por sí no solía salir de mis labios y debió alertarla de mi especial estado de ánimo– yo no quiero ir al Instituto…
Dejó lo que fuera que estuvise haciendo y con un gesto muy de ella me invitó a proseguir con la idea.
– Quiero ir al Industrial con los chicos de mi curso.
Creo que los debates duraron cuatro días, hubo conferencias telefónicas, entrevistas con diversos tíos y primos mayores, un fax de mi profesor de piano alabando las bondades del programa de música de la prestigiosísima institución y varias peleas sobre “la mocosa que se quiere mandar sola…”
Resultado: Seis años en un Colegio Técnico, con doble jornada escolar los tres primeros y doble jornada y media los tres siguientes. Teníamos “Taller” de siete a once y veinte de la mañana, clases regulares de dos a seis y veinte de la tarde y “Trabajos prácticos de Cálculo…” de seis y media a diez menos veinte de la noche. ¿Si aprendí? Sí, creo que lo hice. ¿Si me sirvió? Depende para qué, sí.
En el cuarto año lo conocí. Era el “ogro” de la especialidad en Construcciones. Su nombre estaba rodeado de leyendas, generaba escalofríos en los alumnos y trascendía los muros del Colegio al punto de ser reconocido por gente que nunca pisó baldosa alguna del recinto escolar: Von Forschung.
Entró al salón de clases, escribió su nombre en la pizarra, miró a cada uno de los treinta que éramos y dijo:
– Este año nos veremos las caras tres veces por semana con “Estática y Resistencia de Materiales”. En el próximo, para los que aprueben el curso, veremos juntos “Cálculo de Estructuras de Hormigón Armado”. Y, si alguno llega a sexto año, con ese estudiaremos “Instalaciones Térmicas”.
Tomó nuevamente la tiza y nos introdujo en la certeza de no haber aprendido nada de Física en los tres años que llevábamos tomando la materia…
Usaba un raído abrigo azul sobre camisas de blanco amarillento o de amarillo descolorido (nunca logré determinarlo a ciencia cierta) y pantalones de tiro altísimo que recordaban a fotos de la infancia de los abuelos europeos que muchos de nosotros teníamos. Era un sabio, nuestro druida particular. Autodidacta por falta de recursos para la educación superior formal. Hablaba, hasta donde sabíamos, cinco lenguas. Con arrugas en la frente y mejillas enjutas de pura necesidad, se doblaba de alto y de flaco, pero sus ojos transmitían tal brillo de inteligencia que lo demás casi pasaba a segundo plano. Casi.
Forschung era el “ogro” de la especialidad y el favorito de quienes tuvieron el privilegio de ser sus alumnos. No había fórmula que no lograra explicarte, no había problema de diseño que no pudiera desentrañar.
Para aprobar su materia en quinto año debíamos entregar un proyecto original de edificio de tres plantas con el cálculo y análisis completo desde las losas hasta las bases… Teníamos dos meses para desarrollarlo. El caso es que de los diecisiete que quedábamos en esa división solo tres lograron hacerlo casi a tiempo. Las clases terminaron la última semana de noviembre, después hubo dos semanas de exámenes para quienes no promocionaran alguna materia y luego vacaciones de verano.
Forschung dictó clases hasta el veintitrés de diciembre… Para que nadie se lleve a rendir su materia a marzo… Para asegurarse de que todos habíamos aprendido y que ninguno de nosotros acabaría en la cárcel con un edificio derribado por un cálculo mal hecho… Éramos los diecisiete, él y el anciano portero que nos abría cada tarde y cerraba detrás nuestro cuando nos retirábamos por la noche. Se reía de nuestros sobresaltos al oír timbres que no sonaban y pasos de alborotados alumnos que no estaban…
– Es que las paredes sueltan las ondas sonoras lentamente… –Decía con cierta travesura en el tono y sonrisa ladeada.
Cuando terminaba el último año de Colegio nos pidieron el nombre del profesor que nos entregaría el título en mano. Quince de nosotros lo elegimos a él. Con una de sus camisas de tela indeterminada, pantalones de tiro alto y corbata antigua estaba esperándonos en la plataforma. Su sonrisa cansada y un fuerte apretón de manos constituyen uno de los recuerdos más gratos de mi adolescencia ya ida.
Ayer leí sobre un profesor gallego que enseñaba latín en España a finales de la década del treinta y no pude si no recordar a mi profe y dedicarle este momento.

("Merlin" de G. Duré)







mayye dijo
Aunque no lo crean tenía título: "De educarnos y otros menesteres..."
xD!
14 Mayo 2009 | 09:57 PM