De bestialidades...
¿Miraste alguna vez los ojos de un animal encerrado?
Tenía seis o siete años, no logro precisar la edad aunque lo intente, será que la evocación es triste y mi cerebro, caprichoso como es, se niega a darme el gusto de traer a colación algo que no quiere recordar… El caso es que el Circo había llegado a la ciudad. Una caravana de vehículos coloridos y variopintos personajes invitaban a las funciones. “Cosa de una vez en la vida, fieras salvajes amaestradas por la mano del hombre, los payasos más graciosos de mundo artístico, el mago heredero de Houdini…” decían los afiches y los volantes que inundaron calles, veredas y jardines.
No sé qué cráneo entre los directivos del colegio al que asistía por aquella época, decidió que una manera de ganar algo de dinero para la cooperadora escolar sería llevarnos a todos los alumnos a mirar los animales y así incentivarnos a comprar entradas para una función especial destinada a la institución…
Con ilusión esperé el momento de salir en fila india del patio de aulas. Imagina la escena: decenas de niñas con tableados uniformes, varoncitos con pantalones cortos y medias azules hasta las pantorrillas uno detrás del otro tomados de la mano. Las maestras caminaban a un lado de esa cadena de brazos y corazones anudados…
Debíamos cruzar una plaza y varias manzanas de edificios comerciales y del gobierno, entre ellos la alcaldía o intendencia municipal. El predio donde se erigía la estructura del Circo era del Estado y supe años después que se alquilaba “con fines culturales” (cierres de campañas políticas, exhibiciones de boxeo, carreras de galgos…) Es evidente que el Estado y yo tenemos diferente criterio a la hora de hablar de cultura.
La carpa representaba ante mis ojos acostumbrados a la fantasía un castillo con banderas al viento, la entrada a la cueva de Aladino, el portal del jardín del Gigante Egoísta y el lomo de la ballena que llevaba un pueblo entero de pescadores a través de los mares… Todo en un montón de telas de colores casi desvaídos.
Sabíamos que no habríamos de llegar hasta el polo de promesas que era el pabellón central, pero igual avanzábamos hacia el espejismo a paso vivo. Ya en el solar nos permitieron acercarnos a las jaulas de los animales. Un payaso gritaba:
– ¡Miren chicos! ¡Miren al rey de los animales, el soberano de la selva, el único!… ¡Miren al león!
La jaula estaba elevada sobre un carro de dos ejes, no tendría más que el ancho de un tráiler y el largo de seis o siete niñitos parados muy juntos mirando tras los barrotes…
¿Miraste alguna vez los ojos de un animal encerrado?
El pelaje era opaco, tenía algunos arañazos y cicatrices en el lomo, acaso podría haber contado las prominentes costillas. No lograría verlo de frente hasta que todo el grupo no girara alrededor de su cárcel porque él no podía voltearse por la falta de espacio… Cuando mis ojos encontraron su mirada del amarillo más desdichado visto por niño alguno supe que jamás entraría a esa carpa de mentiras bien contadas.
Hasta hoy, un largo cuarto de siglo después, no volví a asistir a una función donde hicieran “trabajar” a animales.
¿Por qué te lo cuento? Porque hoy Polly me contó de María Alicia, la tigresa del zoo donde mi amiga se desempeña como bióloga. María Alicia no tiene una pata, se la cortaron en el circo en el cual “laburaba” (si cabe hablar de trabajo de estas bestias que son más humanas que muchos de nosotros…), también le falta parte de la cola porque la perdió en una pelea con otro tigre por el reducido espacio de la jaula en que estaban metidos. La dejaron en el zoo desahuciada, pero allí logró sobrevivir…
Tampoco soy muy afecta a los zoológicos pero entiendo su función actual: preservar las especies y crear conciencia en la gente como yo (que de animales y ecología apenas un poco de idea).
¿Miraste alguna vez los ojos de un animal encerrado?
Levanta los ojos y mira.
Tal vez decidas como la niñita que ya no seré, no entrar a la carpa de las mentiras muy bien contadas ni dejar que los payasos de turno te señalen el lamentable espectáculo del Soberano en una caja en la que le es imposible moverse y donde solo sus ojos hablan…

(Ma. M. Contreras, "Jaulas de cristal")





Polly dijo
Y el caso de M. Alicia, es solo uno en un millon, la cantidad de denuncias, que llegan, tanto al zoo de La Plata , como al de Buenos Aieres, por maltrato de animales, es cosa de todos los dias...
Trabajo en el zoo de voluntaria, porque amo los animales, y aunque se que todavia, falta mucho por alejarnos de aquel concepto de zoo Victoriano, con barrotes en las jaulas, y recintos , muy reducidos, las cosas van cambiando poco a poco. Gracias, a los Zoo, se realizan proyectos de conservacion de especies en peligro de extinción, reintroduccion de fauna silvestre, y se brinda contencion a todas esas victimas de maltrato, por la supuesta "especie superior".
Pero por sobre todas las cosas se realiza una de las tareas que para mi es fundamental, que es EDUCAR...
Desgraciadamente somos una especie, que no nos importa , mas alla de lo que conocemos, y ahi esta la gran mision de los Zoo , los museos, etc
Darle a conocer a la gente que todas las especies, (incluida la nuestra) , formamos parte de uan gran cadena, y que si un eslabon se rompe ( lease como que una especie desaparece), la cadena se corta, y comienzamos el irreversible camino a la extincion.... Suena muy drastico no?
Uff, creo que me fui de manbo.. pero para que lo sepan, que cada ves que miren los ojos de un animal, respondan al pedido de ayuda que les hace la tierra.
17 Mayo 2009 | 01:24 AM