De amistades...
Ida ha sido un personaje central en la conformación de mi visión del mundo. Mujer emprendedora, tenazmente obstinada, trabajadora incansable, docente de propios y ajenos. Sin duda es una de las imágenes femeninas más fuertes de mi infancia y no solo por ser mi madre.
En verdad, siendo niñas con Alana, veíamos poco durante la semana a mamá. Ella iba a trabajar antes de que nos buscara el transporte escolar, venía a casa para el almuerzo y volvía al trabajo en el horario en que nosotras salíamos para nuestras clases de música, patín, ballet, idiomas, computación o lo que tocara ese día… Nuevamente nos encontrábamos en el horario del baño y de la cena o de las tareas escolares.
Tal vez te llame la atención que haya dicho “personaje” y no persona al referirme a ella y que haya señalado su imagen como una entre otros referentes. Es que Ida estaba rodeada de un círculo variopinto de amigas: “las tías”.
Eran cuatro: Hoppy (quien en verdad se llama Hope y hace honor al nombre…), Rosaura, Olivia y Lily.
Hoppy es soltera empedernida y bibliotecaria. Pero nada más lejos de la realidad que pensar en ella según el estereotipo. Es una mujer de casi metro ochenta de altura, voluptuosa y sensual desde donde se la mire. Es la encarnación del espíritu libre. Sus aventuras amorosas eran la comidilla de las señoras del grupo de mi abuela y fuente inagotable de diversión para el resto de nosotros. Fue ella quien el día en que cumplí seis años me regaló un perfume francés “para que aprendas a diferenciar” dijo. Fue ella quien me asoció a la Biblioteca Pública como regalo por mi octavo cumpleaños y también fue la que nos sentó a Lana y a mí y nos habló de los riesgos de la promiscuidad cuando ninguna llegaba a los doce años.
Rosaura es psicóloga y divorciada con un hijo. Era la intelectual del grupo. Todo se podía analizar con ella desde una u otra perspectiva. Era la mayor y cayó al círculo porque se mudó a la casa de junto a la nuestra. Se había casado porque cercana a los cuarenta quiso “experimentar la maternidad”, el matrimonio duró lo que el embarazo, parto y primeros seis meses de vida de la criatura –a quien puso nombre de emperador austro-húngaro porque “correspondía”.
Olivia era viuda con cuatro hijos desde los veintidós años. Una mujer hermosa y liberal como pocas, sin embargo, un verdadero general del Ejército Rojo en su hogar. Vivía en la casa siguiente a la nuestra, lo que era una coincidencia realmente, dado que nadie lo sabía al comprar el lote. Llena de vida era la única que no ostentaba ningún título y su diatriba era “recíbete y después mira… no te cases con diecisiete… que estos hombres son tan inconstantes que hasta se mueren por escapar del matrimonio”.
Lily es la hermana pequeña de mamá, madre soltera en una época en la que no era fácil tener diecinueve años y un hijo. Contable de profesión, enamoradiza por elección personal. Vivía con nosotros por temporadas. Su presencia era siempre motivo de reunión de las tías. Porque Lily invariablemente llegaba con el corazón destrozado en una mano y su hija en la otra. Al ser la menor de todas les sacaba el instinto maternal a las demás. ¡Hay que ver la de cosas que una aprendía escondida en el pasillo de los consejos que las mayores le daban!
Ida era la única que estaba felizmente casada. Claro que como el trabajo de Henry lo mantenía lejos del hogar el noventa porciento del tiempo, mi madre jamás tuvo un matrimonio normal. Supongo que esa diferencia la hacía el eje de ese aquelarre… Era la única con un hombre al lado… Bueno ya me entiendes.
Dentro de sus peculiaridades eran mujeres fuertes. Cada una con una historia distinta, una cosmovisión propia y con luchas personales que de niña una no alcanzaba a dimensionar. Hoy salvo Lily, todas promedian los sesenta años. Y aunque varias ya no viven en aquella ciudad y no lo hicieron por más de veinte años, siguen tan amigas como las recuerdo.
Cuando las operaciones de mi madre, sus internaciones y todo lo que siguió, ellas se turnaban para acompañarla y “estar con las chicas de Ida”. Recién ahora puedo mirarlas y verme en cada una de ellas, aunque sea un poco. Es un hábito arraigado llamarlas “tías” aún cuando me dicen “Maye, corazón, nos espantas los pretendientes al llamarnos así… eso dice casi a los gritos nuestra edad...”
(Ilustración: "Fairies" de Doug Beekman)




rosa-rizalas dijo
Es curioso pero yo llamaba tías a todas mis vecinas en la niñez, aunque ni de lejos se parecían a esas cuatro amazonas que te rodearon.
Las describes tan maravillosamente que me hubiera encantado que formasen parte de mi infancia.
Yo tenia a la tía Araceli, que quitaba las anginas tocándote en las muñecas, a la tía Mona, era la mejor espía del mundo y la más callada también, todo un paradigma del alcahueteo, y a la tía Josefa y su marido Blas con su perro pastor, que me seguía y protegía como si yo fuese de su propiedad desde que le quite un hueso clavado en la garganta metiéndole mi bracito hasta el garganchón. Perro listo.
Un beso por hacerme recordar cosas que creía haber olvidado, como siempre.
10 Junio 2009 | 12:07 AM