De apuestas...

“Los críos son todos unos cabrones” decía indignada Rosi hace un par de días. No la culpo, es cierto en casi todos los casos. No voy a entrar en ese debate de si todo tiempo pasado fue mejor o no, porque considero que fue distinto y no mucho más. Que siempre los adolescentes han sido motivo de asombro y malestar entre los adultos (especialmente padres, docentes y vecinas metomentodo).
Como decía mi abuela materna para muestra un botón.
Esto que te cuento pasó hace diez años. Era el cierre de mi primer ciclo como profesora interina en un colegio de enseñanza media. El patio escolar estaba abarrotado de orgullosos padres y familiares. Los uniformes jamás se vieron tan pulcros y completos. Apurones de último momento, algunas parejitas aprovechando las sombras del atardecer detrás de las columnas de la galería del segundo piso. Los preceptores y administrativos llamando a los rezagados a formación, algo de Beethoven llegaba desde los altavoces y solo sumaba a la cacofonía imperante. Un par de alumnas arreglando el desastre que dejó la sesión de besos de una tercera en su maquillaje…
Empezó el acto con las consabidas palabras de la rectora, un profesor, la mejor alumna (despreciada por todos los demás por inteligente y dedicada) agradeciendo sentidamente los mejores años de su vida… El coro y un par de canciones en latín que temo ni el director tenía idea de por dónde iba la letra… Entrega de medallas, premios… Y el momento cúlmine: el acto de entrega de diplomas y certificados de estudios a la Promoción 1999.
Estaban sentados en las primeras filas de sillas. Orgullo daba el verlos tan bien dispuestos y sonrientes. Los profesores fuimos invitados a la plataforma para saludar a nuestros prácticamente ex-alumnos.
Un movimiento extraño acompañó el saludo de la primera profesora, quien retornó junto a los demás con mirada confundida y gesto de contrariedad, nada pasó con el siguiente profesor y la niña a quien despidió en nombre de todos, lo mismo con los siguientes tres. El secretario me pasó el pergamino doblado en tubo del jovencito que se acercaba a los escalones.
Con una sonrisa lo esperé en medio de la plataforma, frente a medio millar de personas. Él me miró a los ojos con expresión decidida y al ir a saludarlo tomó mi rostro entre las manos y entre gritos y aplausos me dio un beso que ni mi novio me daría en la calle. Duró un par de segundos como mucho, los silbidos una eternidad…
La rectora nos separó a las profesoras y desde ese momento del acto solo los docentes de sexo masculino –sin importar inclinación sexual– continuaron con la ceremonia.
Lo que sea que haya durado, yo solo podía pensar “Dios mío… perderé el trabajo y seré sancionada antes de terminar la carrera… ¡Señor ayúdame!” ¿Debería pedir una audiencia para excusarme con los administradores? Estaba desesperada de los nervios.
El acto finalizó y el grupo se trasladó al SUM para el tradicional brindis.
– ¡Mocoso hijo de puta! –Oí decir a la profesora de matemáticas– ¿Puedes creer que intentó besarme? Tengo 46 años… Veintidós años de profesión…
El secretario y la psicopedaboba del colegio se aceraron hasta donde estaba yo mortificada como pocas veces en la vida.
– No me creo que se animaran… Son unos… –Dijo él en cualquier tono menos uno de reproche.
– ¡Ay, Maye! ¿Cómo te sientes? –La melosa voz de la psicopedaboba solo elevó mi nivel de malestar a cotas inconmensurables– Lamento que hayas sido víctima del “Desafío”
– ¿El “Desafío”? –Pregunté como una tonta y créeme así me sentía.
Ellos compartieron una sonrisa casi de orgullo paternal y recibí la explicación.
– Cada año los chicos del último curso realizan una apuesta. Ésta consistía en robar un beso a la profesora que les entregara el diploma… No creímos que ninguno se animara a hacerlo…
– ¡Hay que reconocerle el valor a Carlitos porque mira que intentarlo con la Mathmonster…!
Ambos estallaron en risas. Yo veía todo rojo. Está bien, era la nueva. Está bien aún no me recibía. ¿Está bien? ¡No! ¡Todo mal!
– ¿Recibirán alguna sanción? –Cuestioné pensando en pedir el máximo de amonestaciones posibles.
Me miraron como si me hubiera crecido otra cabeza y un rabo rosa. Me explicaron amablemente que no tenía sentido porque los chicos eran a todos los efectos ex-alumnos y para qué arruinarles el expediente académico…
Comprendí que era una tradición de la institución, comprendí que nadie consideraba que había sido humillada públicamente, comprendí… Miento. No entendí nada.
Alana me esperaba puertas afuera.
– ¿Quién carajos era ese pendejo hijo de re mil puta? Lo voy a reventar… –Mi hermana es casi tan alta como yo aunque sumamente delgada y femenina, nadie se la imaginaría despachándose a golpes. Creo que hasta ese día nunca le había oído maldecir de esa manera… No sé si lo hice después…
Es hasta el día de hoy una broma familiar que salta en cada reunión más o menos numerosa:
“¿Recuerdan al alumno que se apretó a Maye?”
Algunos críos son absolutamente cabrones.
(Imagen de: http://juanat.files.wordpress.com/2008/11/juventud.jpg)






jotatrujillo dijo
Solo se me ocurre una pregunta: ¿ has vuelto a saber algo de tu galán ocasional?.
Me lo imagino "fardando" con sus colegas y a buen seguro que el usará esa anécdota en sus reuniones con amigos.
Me imagino tu indignación de entonces, pero espero que ahora lo tomes como una "jugarreta" estudiantil.
Un abrazo.
11 Junio 2009 | 06:41 PM