De lo que pasó...

– Debes elegir. No hay más.
Él la miraba en espera de una respuesta que ya debería haber recibido. Sus ojos recorrieron la figura alta frente a sí, desde el peinado demasiado informal hasta las sandalias hippies que dejaban ver las rosadas uñas de sus pies. Jamás comprendería como alguien tan formal como ella pudiera lucir algunas veces tan retro y poco seria… Era uno de los muchos misterios que le fascinaban desde que la viera por fin en una clase que dictaba como auxiliar. Era raro, pero no notó su presencia física hasta pasados dos meses de cursada. Creía recordar sus argumentaciones inteligentes y sus respuestas a cada planteo de los profesores, sin embargo, le resultaba imposible decir que la hubiera visto.
Recordaba claramente la tarde en que la vio. Acababa de dar una exposición acerca de la linealidad temporal en las textualidades indígenas, misma que le reportara excelentes críticas de los profesores en su momento, cuando una chica sentada en medio del aula levantó la mano. Se alegró, siempre era buena la participación de los alumnos.
“– ¿Consideras que hablar de linealidad es correcto cuando es claro que los pueblos originarios de América plantean un tiempo cíclico y el eterno retorno?”
Estaba preparado para defender su postura, además bien visto él nunca dijo que no fuera así, solo propuso una lectura distinta. Le respondió con una sonrisa de suficiencia y tono paternalista lo reconocía, pero ella no tenía por qué elevar esa ceja burlonamente al escucharlo y abrir sus labios ni bien dijo la última palabra para volver a derribar su planteo. No podía quitarle los ojos de encima, era inevitable que notara lo blanca que lucía su piel, cómo brillaban sus ojos detrás de las gafas y el mohín caprichoso que formaban las comisuras de sus labios.
“– Mira si quieres lo hablamos en consulta ¿Te parece?
– ¡Excelente idea Max! Ahora continuemos con…”
Al día de hoy no sabía qué había dicho Merche al cortar el diálogo con esa chica. De más está decir que ella jamás fue al despacho para la consulta personal.
Se cruzaban en los pasillos. La encontró sentada en otra clase en la que él trabajaba como auxiliar y siempre su mirada directa le llegaba al alma. Era innegablemente una de las alumnas destacadas de ese grupo. Formaba parte de “los cinco” como los llamaban los profesores y demás alumnos adscriptos. Los cinco que llevaban adelante la revista de la carrera, los cinco que trabajaban en grupo en todas las cátedras, los cinco que eran la promesa de esa cohorte. Eran cuatro chicas y un chico.
No fue hasta el semestre siguiente cuando tuvo la oportunidad de acercarse a ella de manera más personal. Ambos se inscribieron para cursar una materia que se dictaba por última vez para el plan de estudios que seguía él y por primera vez con modificaciones en el plan según el cual cursaba ella. Se sentó frente a la chica. Se giró y la saludó amablemente. Recibió una sonrisa como respuesta y pudo ver sus ojos casi verdes brillar divertidos.
“– ¿Seremos compañeros este semestre? ¡Qué honor!
– ¡Hey! ¿A qué viene el tonito?”
Ella rio y volvió al libro entre sus manos. Se pasó las tres horas de clase pensando en qué diablos le pasaba a esa mujer con él. Estaba seguro de no haber hecho nada para merecer ese burlón retintín cada vez que se dignaba a hablarle.
En la siguiente clase le pasó notitas con comentarios jocosos sobre lo que pasaba alrededor. Ella reía por lo bajo y solo respondió a una, también por escrito. Al salir “los cinco” más algunos otros invitaron al grupo a tomar algo en el bar de la esquina. Fue. La noche trajo varias sorpresas. La primera: ella era muy divertida pero absolutamente formal en su trato con los demás. Se comportaba con un aire de otras épocas, casi distinguido. Era amable con un deje de desinterés que resultaba enigmático. Desde esa noche no se perdió ninguno de los “jueves de cerveza”. Al cabo de un tiempo invitó a salir a la chica. Fueron al teatro y luego se sentaron horas en un bar. La noche se pasó en una charla que no quería acabar.
Ese fue el inicio. No eran una pareja en todo el sentido de la palabra porque ambos estaban enfocados en sus respectivas carreras y decidieron no mirar más allá del momento en el que estaban mientras ambos se sintieran a gusto con la situación, de todas formas eran monógamos y los demás sabían que entre ellos había “algo”. Les duró casi dos años el acuerdo, hasta esta tarde.
A él sólo le quedaba la defensa de su tesis, a ella dos años más de estudios antes de licenciarse. Él recibió una propuesta inmejorable que le permitiría no solo trabajar sino también cursar el postgrado. Supuso que ella se alegraría, le abrazaría y le diría que iría donde él fuera porque se amaban. Sin lugar a dudas estaban enamorados y en algún punto eso pasó a ser amor y aunque ninguno de los dos era especialmente sentimental, creyó que ese factor sería decisivo a la hora de tomar decisiones.
Las cosas no estaban saliendo como esperaba. Ella le miró carente de expresión. Preguntó desde cuándo sabía de la propuesta, cuándo pensaba partir y si todo estaba en orden con sus responsabilidades frente a la facultad. Nada sobre ella, ni una palabra sobre sus sentimientos, ni un indicio de haber comprendido que la propuesta la incluía. Creyendo que tal vez no había sido claro le dijo que esperaba su decisión de acompañarlo. Ella le comentó la necesidad de pensarlo bien porque había otros factores como su familia y los estudios inconclusos. Él le respondió que era una cuestión de elección.
– Debes elegir. No hay más.
Y esperó la respuesta, rogando que lo que saliera de sus labios no fuera lo que leía en sus ojos de mirada directa…
("Amistad" de M.B. Logghe)






gaomy dijo
Hermoso relato, ambos enamorados y la respuesta en su mirada, de que quizas ella quiere quedarse a concluir, mientras el quiere que lo acompañe. Me agrada la manera en que los dos estan desde su postura viendo el problema, ante sus resoluciones y sus respuestas, donde el amor puede replantearse pero la carrera no.
Un beso.
23 Junio 2009 | 10:04 PM