De lo que pasó según ella...

Era temprano para la clase pero sabía que si no llegaba antes no encontraría lugar para sentarse antes del inicio. Era martes, por consiguiente su día favorito de la semana. Jamás supo explicarse esa predilección por los martes y los jueves, sencillamente eran días para estar mejor. El ascensor tenía el acostumbrado cartelito de “fuera de servicio”, así que continuó su marcha hasta el tercer piso. Hacía mucho calor aunque oficialmente estuvieran en otoño desde una semana atrás. Vestía una larga falda con reminiscencias hindúes, una blusa del mismo estilo, el bolso colgado en bandolera con sus carpetas y los rizos a duras penas sujetos en lo alto de la cabeza.
Se sentó como casi siempre por el medio del salón. Llegaron los otros cuatro y se acomodaron a su alrededor. Mauricio les soltó la bomba de que el proyecto para la revista de la carrera que habían presentado a finales del semestre anterior fue el elegido y que por ende estaban a cargo a partir del número siguiente. Las profesoras y ayudantes de cátedra hicieron su entrada y luego de las consabidas presentaciones, uno de los alumnos adscriptos se adelantó. Ella sencillamente no podía dejar de mirarlo. Desde sus cabellos algo largos y las gafas que llamaban la atención sobre sus ojos oscuros, hasta las manos que no cesaban de moverse acompañando lo que fuera que estuviese diciendo. No creía en los flechazos ni nada por el estilo, pero si esto no era uno, no sabía qué podría ser.
Las clases se sucedían, la revista les tenía corriendo, los proyectos y trabajos no les dejaban tiempo para nada que no fuera dormir y a veces comer. Pero la vorágine no borraba la primera impresión que aquel chico le causara. Ella sabía que era una tontería y se lo repetía de vez en cuando, sin embargo, cada vez que veía al “adscripto engreído” como rápidamente fue designado por sus compañeros, algo se le removía muy adentro. Se cuidaba muy bien de no dejar que alguien notara su interés. Hasta esa tarde en la que él “la vio”. Su mirada se centró con fuerza en ella, y toda su actitud demostraba lo mucho que le fastidiaba que una alumna que recién ingresaba al ciclo superior cuestionara su postura.
No fue hasta el semestre siguiente cuando coincidieron en un seminario que se dirigieron la palabra. Él se sentó frente a su grupo y girándose la saludó con una amable sonrisa. Ella levantó la vista del libro que tenía entre las manos y no pudo evitar sonreír en respuesta:
“– ¿Seremos compañeros este semestre? ¡Qué honor!
– ¡Hey! ¿A qué viene el tonito?”
Volvió a Baudolino. La clase siguiente “el engreído” la entretuvo a fuerza de notitas con comentarios mordaces de lo que sucedía alrededor, estaba tan sorprendida que no lograba más que reír tontamente y hasta casi la última no respondió ninguna porque sencillamente no era ella misma. Pero el asombro fue total cuando él aceptó la invitación de los chicos y les acompañó al bar para el casi tradicional “jueves de cerveza” del grupo. Se sentó lejos de ella, pero varias veces notó su mirada concentrada. A partir de ese no dejó de ir con ellos y algunos más a la cita semanal. Una de esas noches la invitó al teatro. La velada terminó en un bar tras horas de conversación. Descubrió que sí era algo pomposo y estructurado pero como ella no era muy diferente, se sintió cómoda en su compañía.
La relación era algo entre ellos, nunca abrieron las puertas a los demás. Estaban bien juntos. Ella le admiraba, le quería y sabía que era mutuo. Con él no era solo una de “los cinco”, ni la alumna destacada de ninguna cátedra, eso era un interesante cambio y la hacía sentir segura.
Un buen día escuchó un “te amo” casi susurrado y sosteniendo el móvil muy cerca del corazón se durmió con lágrimas en las mejillas. Su pareja se afianzaba sin necesidad de aparatosas declaraciones o gestos ampulosos y sin casi notarlo pasaron dos años. Hasta esa tarde, días antes de los exámenes finales.
Él la esperaba a la salida de aulas y tomados de la mano se dirigieron a la parada de micros urbanos. Le dijo que era consciente de que aún le quedaban dos años de cursada y que él solo tenía por delante la defensa de su tesis. Le comunicó que había recibido una invitación para trabajar y cursar el postgrado en otra universidad, ella sabía de su interés y lo mucho que había trajinado para acceder a esa posibilidad. Le miraba a través de sus gafas que no hacían si no magnificar el brillo de esos ojos de pestañas espesas que tanto la habían acariciado. No esperaba un “todo o nada”, pero él volvió a reiterarlo. Sus manos heladas en pleno diciembre, sostenían las suyas igual de frías.
Las lágrimas se agolparon pujando por derramarse mientras ella le miraba, preguntándose cómo diría adiós a una parte de su alma…
(Ilustración: "Dama" de M.B. Logghe)






gaomy dijo
Debes elegir no hay mas, interesante que en tus relatos siempre pones a tus personajes a elegir ante logros relacionados con sus profesion o el amor y parece que siempre desean mas seguir su rumbo, pero nunca estaran enamorados como para perseguir a su amado o amada???
Es buen relato, me gusta la manera en que son complices.
Un beso.
2 Julio 2009 | 07:48