De cartas marcadas...
Hija: estas palabritas te las escribo porque te conozco y sé que prefieres la carta a cualquier otra forma de comunicación.
Entré a tu dormitorio para despertarte una de estas mañanas y te vi dormir apenas un momento antes de que me miraras y dijeras “ufa má, ya estoy despierta”. Me sorprendió la oscuridad de tus cabellos en contraste con la palidez de tu piel. Recuerdo haber recibido una hija “pelona” pero con un par de rulitos rubios un seis de julio como hoy. Esa manía tuya de cambiar de color cada tanto me hace pensar que tal vez te aburres o que esa sea la demostración de que no eres tan tranquila como haces creer a los demás.
Creo que te lo conté muchas veces, pero cuando eras una peque en pañales había noches en las que me preguntaba por qué me rechazabas (No me digas “ni idea” porque me saca de mis casillas esa respuesta que ahora copia tu hermanita). En realidad yo me sentía sola y quería traerte a dormir junto a mí y lo único que hacías era llorar con determinación y lastimeramente, luego de mirarme con esos ojos que no se deciden a ser marrones pero tampoco son verdes, llena de furia. Hasta que no te dejaba en la cuna no parabas, pero una vez en ella me mirabas y sonreías, te girabas y dormías solita. Siempre he dicho que fuiste el bebé más bueno que hubiera conocido. Y también el menos dependiente de todos. Aunque tu conformidad con tal de que nadie te moleste siempre ha sido motivo de preocupación, esos “lo que digas mamá” o “ajá” que te salen casi tan naturalmente para que no te saque de lo que sea que estés haciendo y me vaya pronto, los trasladaste al punto de decir que sí a todos para evitarte problemas o tener que dar explicaciones de tus actos o elecciones. Hija eso no es bueno. Debes plantar bandera de disconformidad alguna vez y dejar que explote ese carácter colérico que mantienes oculto en algún rincón, que quede claro que no te estoy autorizando a ser maleducada, nada más lejos de mis intenciones.
Tus primeras palabras no fueron ni mamá ni papá. Tu corazón tenía otros favoritos. Dijiste “opa” y “oma” y a todo lo demás “eche”, lo que me daba mucha rabia porque para mí esa era la forma de tu abuela para alejarte de mí y demostrarme quién era la intrusa en su familia de rubios de ojos claros, tardé años en ver cuán errada estaba. Al poco tiempo eras una lora. Todo lo comunicabas, era imposible callarte, porque si nadie te hacía caso le hablabas a la perra o a tu Nina. Un momento que recuerdo con orgullo fue ese día cuando tenías alrededor de quince meses e íbamos a la casa de mamá, casi llegando nos encontramos con que estaban reparando la calzada y habían puesto unos feos carteles que indicaban el desvío obligatorio, tomaste mi mano y me dijiste “cuzudado mami”, sí brujita, estaba clausurado. El susto no se me fue por años del día que desapareciste y te encontró Ruly a medio camino a casa de Leylen con la perra caminando a tu lado, habías pasado por dos avenidas y una plaza y solo tenías dos años.
Sé que estas anécdotas las sabes, pero hoy cumples veintiún años y quiero que entiendas que recuerdo cada cosa que pasó o por la que me hiciste pasar. Como cuando con tu hermana desarmaron la plancha para buscar el fuego o cuando apareciste pidiendo socorro con la cabeza sangrando mientras huías de una enfurecida Alana con piedras en sus manos, porque tu interpretación de la Cenicienta no terminó de cerrarle, o cuando descubrí que tu “método” para dormir a Danna era sacar su carita al sol para obligarla a cerrar los ojos, mientras te quedabas en la sombra.
Sé que consideras injusto que te haga ocupar muchas veces el lugar de papá porque él no está y sé que nunca entendiste nuestro matrimonio. Pero es que a veces eres tan parecida a él que me resulta increíble sea tan mala la relación entre los dos. No creo haberte dicho nunca los celos que ambos tenemos del amor incondicional que profesas a tus hermanas, por momentos pareciera que son lo más importante en tu mundo. Desde chica cuando te preguntaban a quién querías más si a mamá o a papá respondías “a mi hermanita” robando sonrisas a todos, porque no sabían que era absolutamente cierto.
Alejarte de los libros era y es tiempo perdido, debo ser la única madre que lo ha intentado todo para que su hija juegue y sea niña. Hoppy todavía me dice que te deje en paz, que estás bien y yo quiero creer que es cierto.
Ahora te veo tan grande, yendo y viniendo, tomando decisiones, cambiando el rumbo y no puedo menos que preguntarme qué me traerás la próxima vez. No puedo mentirte, que hayas abandonado la carrera para cambiarte a Letras el próximo año aún me saca de quicio, pero te apoyo. No necesito decirte que cuentas conmigo para todo y en cualquier momento. Eres mi orgullo. No podía pedir más que las hijas que Dios me dio. ¡Feliz cumple avispa colorada!
Mamá.-
PD: Te dejé abierta una cuenta en la Palma para que elijas qué libro/s te regalaré/ás esta vez.
Medité mucho antes de compartir contigo este texto. En principio porque es mío pero no lo escribí. Es la carta que me encontré en la cena del día en que cumplí la mayoría de edad. La escribió mi madre, Ida, lo único que he modificado es el uso dialectal haciéndolo más neutro, lo demás es tal cual las dos hojas azules y con marcas de dobleces que tengo en mis manos y saqué esta mañana para leerlo como he hecho en los últimos años.
(Ilustración Ernesto Hugo "Mamá bañando baby")






jotatrujillo dijo
Toda una lección de vida esa carta, que por lo que se ve, se repite en el tiempo.
Donde se demuestra que los hijos son ancla, asidero, motivación, camino, trabajo y sobre todo alegría, para los padres.
Sigue guardando esa carta y que vuelva a servir para otro cumpleaños.
Un abrazo.
6 Julio 2009 | 06:05 PM