De Soledad y soledades...

El portero del primer colegio donde trabajé –que no es el mismo que aquel en el cual ejercí por primera vez la docencia– me dijo una mañana al entrar a la Sala del Personal:
– Pero sus padres sí que no tenían idea de nada Señorita Mayela…
– ¿A qué se refiere don José? –pregunté terminando de firmar el Libro de Asistencia.
El hombre hizo un sonido casi despectivo, mientras tomaba el bolígrafo y procedía a firmar en el espacio que le correspondía. Luego se giró hacia mí y respondió.
– Usted se llama Soledad de segundo nombre.
Su tono era el de quien ha dicho una verdad inamovible y por demás evidente. Yo seguía sin entender nada y supongo que se notó porque seguidamente usando ese tono paternalista que suele reservarse para las mujeres, especialmente para las mujeres jóvenes y más precisamente para las mujeres jóvenes de las que se sospecha inocencia y/o pocas luces continuó.
– Es que ese nombre es de mal agüero ¿Sabe? No, no se ría que lo que digo es serio señorita. El nombre marca y el suyo solo le traerá sufrimiento y nunca va poder…
Se calló y dijo algo sobre unos alumnos en el patio de la bandera y se fue. Al volver a casa luego de las tareas del día comenté la charla en la mesa e Ida me miró y con firmeza zanjó la cuestión:
– ¡Qué ignorancia! Te llamas Soledad porque es un nombre precioso y desde siempre supe que si tenía una hija se llamaría así. Increíble que en estos tiempos la gente siga tan atada a las supersticiones…
El caso es que doce años después, casi coincido con don José. Luego de unas semanas de vivir en situación de casa tomada, la gripe A ha vaciado la ciudad. Los alumnos de la universidad han sido enviados sin dilación a sus respectivos hogares y los pocos extranjeros que quedaron y los chicos que no disponían de los recursos para viajar el jueves pasado, están en cuarentena obligatoria dentro del perímetro del campus.
Alana viajó para ultimar los detalles de su cena de compromiso que se celebra en diez días aprovechando el feriado de ayer y el asueto sanitario de hoy. Danna se valió de lo mismo para volver a la ciudad que la vio crecer y visitar amigos y familiares antes de rendir su último parcial por Internet que finalmente será tomado el día veinte.
La casa desde el miércoles por la noche está silenciosa y cálidamente en penumbras, solo se oye de a ratos el cascabel que cuelga del collar del gato –porque uno de los regalos que recibí por mi cumpleaños es un gato, Thor– y el frío invita a mantenerse dentro sin romper la ilusión de perfecta soledad.
He disfrutado de uno de esos días invernales en los que puedes sentarte o echarte a leer sin que nadie se sienta herido o desplazado por ello. No he encendido el televisor, ni he abierto la prensa, he comido cuando me dio la gana de hacerlo y no cuando el reloj me lo impuso…
Es decir, ha sido un día de rara armonía y vivido a pleno.
Sé que para muchos vivir a pleno es hacer cientos de actividades, estar rodeado de personas con los mismos intereses, respirar a pleno pulmón al aire libre. También sé que no pertenezco a ese grupo.
Hoy leeré e iniciaré un maratón de fin de semana de películas, esas que no puedo mirar con tanto niñato alrededor. El DVD de “Lo que el viento se llevó” me hace guiños poco sutiles desde el estante y veo la trilogía de “El Señor de los Anillos” como otra posibilidad, espero que “Desayuno en Tiffany’s” esté aquí y no en la casa de Vera – porque eso significaría que lo he perdido– . Supongo que para el maratoniano plan no me falta material, quizás criterio de selección a la hora de determinar qué y en qué orden he de mirar.
Don José se equivocaba. Si mis padres hubieran esperado para conocerme y a partir de mis características darme un nombre, igual me seguiría llamando Soledad y tan feliz de ello.






jotatrujillo dijo
Bonito nombre. La soledad es la plenitud de ese instante en el que uno es feliz con su propia compañía.
Pero hay que tener cuidado, en grandes dosis termina por ser un vicio.
Un abrazo.
10 Julio 2009 | 05:51 PM