Del carrusel de los nombres...

Hace un tiempo leí un artículo posteado por Theo y comenzó a desarrollarse este texto en mi mente, pero no ha sido hasta hoy que me decido a escribirlo.
Hay buena gente, mala gente, gente “como uno” y “de la otra gente”…
En el último rubro entran todos los que por algún motivo no logramos encasillar en los tres primeros. Es decir, no llegamos a leerles de manera tal que nos permita discernir en dónde les ubicamos.
Entre esta gente se encuentran los padres a la hora de poner nombres a los hijos. No, no he de quejarme de los nombres que los míos me dieron, si no que he de comentar acerca de aquellos que en busca de quién sabe qué gloria o beneficio, endilgan a sus vástagos –hasta ese momento inocentes del todo– con el trauma vitalicio de ser “fulanito de tal”.
Sin ir más lejos tengo un curso de octavo año en el que hay siete Kevin, cinco Bryan, dos Roald y un Irving. Lo que no sería un tema a tener en cuenta si todos los apellidos “acompañaran” la elección de los amantes padres. En relación con el primero de ellos, no sé si tiene que ver con que tal vez justo el año de concepción de esos niños algún “Kevin de Hollywood” estrenara comedia romántica que tocó la fibra sensible de la futura mamá o que en el gran libro de “todos” los nombres sean tan pocos los que inician con “K” que nadie se los quiere perder. El caso es que el nombre Kevin ejerce una influencia casi magnética a la hora de elegir, por lo que he oído entre amigas y primas. Y, si vamos al ejemplo, parece que es cierto.
Una de mis primas mayores me contaba que la única exigencia de su marido, cuando la ecografía les confirmó que esperaban un varoncito, fue que el nene no se llamara ni Diego ni Armando, “porque le podía salir de Boca”. Sí, yo también pensé que era una soberana estupidez hasta que me contó que sus cuñados llamaron a sus hijos Enzo Francesco, Norberto Osvaldo y Daniel Alberto “en honor a los ídolos de entre los jugadores de River Plate”… ¿Qué tradición, ni qué nombrar a los chicos por los abuelos o porque les gustara? No, recibieron los nombres por individuos que dándole a la pelota se hicieron ricos y/o influyentes y de una u otra manera nublaron así el entendimiento del padre.
Cada quien tiene derecho a llamar a su gurrumín como le parezca, es cierto. ¿Pero se pone alguien a pensar en lo que será la vida de ese pequeño trozo de su corazón en el patio escolar? Tuve una compañera de primaria que se llama Dolores Concepción. Bonitos nombres hasta que salías al recreo y oías las burlas atroces a las que la pobre era sometida. Los Esteban terminan siendo “Esteban…quito” y es suave en comparación con otros apodos que surgen con total naturalidad en la mente de los rapaces –nunca mejor dicho– compañeros de clase.
Tema aparte constituyen los papás que en un arrebato lírico-literario-fílmico designan a sus niños con nombres de escritores o poetas, la cantidad de Rubén Darío que uno llega a conocer es alarmante como poco; con nombres “élficos” o “rohirrim”, porque los susodichos padres consideran que haber visto “El Señor de los Anillos” los habilita; con nombres de cantantes pop o directamente con títulos de canciones más o menos famosas el año del nacimiento de la criatura. De esa manera nos enfrentamos a Maddona-s, Britney-s, Sunshine-s, Arwen-s, Èowyn-s… y pongamos al final el apellido que se nos ocurra.
Claro que del carrusel de los nombres algunos salen mejor librados que otros.
Los que creemos que el nombre debe significar algo –lo que sea, pero algo…– probablemente seamos los peores. Ponerle al niño o niña un apelativo referido a algún famoso de la antigüedad es bastante común, así surgen los Julio César, los Marco Antonio, las Jezabel –que hemos de convenir hay que ser muy desalmado para poner tremendo mote a la niña… Los nombres poderosos, esos que designaron a reyes o dioses de la mitología –aunque esto último sea más aconsejable para las mascotas– esos que pueden signar positivamente al infante. Por otra parte, están los nombres en lenguas nativas americanas, asiáticas o lo que fuere. Son vocablos de la lengua común que hemos adoptado como nombres propios en la nuestra: proliferan las Inti-s –“sol” en quechua–, las Miski-s –del quechua “dulce”– los y las Quillen-s –“luna” o “lágrima” en mapuche– y podríamos seguir…
Aún no soy madre, pero en previsión de tal hecho, porque una nunca sabe, mis hipotéticos hijos se llamarán Kieran Alexander y Georgiana Katherina. Como verán están las infaltables y escasas “K”, son nombres de emperadores y con reminiscencias literarias. Por cierto, si el padre se apellidara de manera poco feliz para el resultado estético final, siempre podremos recurrir al nombre de mi familia para terminar de conjuntar…
(Ilustración: "Carrusel" de Dina Yeltseva)






curarme-de-ti dijo
Siempre me he preguntando, como tú, en qué estarán pensando ciertos padres a la hora de escoger el nombre de su hijo. Hay algunos que se empeñan en mantener nombres familiares que no parecen muy adecuados para pequeños de tres años (Aniceto, Onofre... y luego los acortan y les llaman Ani y Ono!). Otros, como tú dices, se guían por sus gustos musicales, futbolísticos, artísticos o literarios, sin pensar más allá de apellidos que apoyen la elección. Escuché a una persona del registro madrileño contando que tuvieron que convencer a unos padres de que no le pusieran a su hijo McLaren o Ferrari, dependiendo de quien ganara el mundial de automovilismo. Pero están locos??
Entiendo que la elección de un nombre no es fácil para un padre, pero debería pensar en que el niño lo llevará toda la vida y plantearse, al menos, si a uno mismo le habría gustado llevar ese nombre.
Besiños grandes
P.D. De verdad los padres ponen nombres élficos de "El Señor de los Anillos" a sus hijos??? Me dejas asombrada...
14 Julio 2009 | 09:44 AM