De sus manos enlazadas...

Tomados de la mano avanzaban a buen ritmo por el sendero aeróbico del pueblo. Ella embutida en un conjunto deportivo morado y él muy sobrio de negro. El corto cabello de la mujer apenas acariciaba sus mejillas de un tono muy pálido aunque teñido en lo alto de los pómulos del más brillante rubor. El bigote de él casi se perlaba del sudor que el esfuerzo físico le imponía pero no aflojaba el paso y tan solo sostenía la mano de su compañera para darse ánimos.
Era la misma rutina todas las mañanas muy temprano, solo variaban los colores de sus vestimentas y a veces el tono de los cabellos de la mujer. Ellos eran así, gente de hábitos arraigados profundamente. Antes de emprender el retorno al final de la senda él sonrió enternecido por el leve jadeo que el ejercicio arrancaba de entre los labios femeninos.
Sabía bien lo mucho que detestaba Celia este tipo de actividad, que lo suyo era dedicarle horas a la pintura y al trabajo de punto. Sin embargo, allí caminaba tomada de su mano, jamás mencionó malestar alguno, nunca profirió una palabra que mostrara un solo resquicio de duda o molestia. Era la que cada día le despertaba con un suave beso en los labios y se alistaba para la caminata desde el día siguiente a aquel cuando él fue dado de alta del centro médico donde estuvo internado tras un severo infarto.
– Una dieta balanceada y ejercicio físico diario, Arturo –dijo el médico firmando la ficha– nada de sedentarismo, ni de auto compadecerse. A la maquinita se la cuida para que nos lleve hasta donde hayamos de llegar, mi viejo –miró brevemente a la mujer y a los que les rodeaban como un cerco antes de proseguir– Cambie esa cara Celia. Que ahora es cuando usted por fin impondrá orden en la vida de este hombre…
Ella sonrió casi con tristeza al intento de broma del galeno y no cejó en sus esfuerzos por hacerle la vida más fácil y mantenerse a su lado. Tal vez ella ya no recordara que los viernes el solía llevarle una solitaria flor a la salida del trabajo, o que le confesó sus sentimientos bajo la sombra acogedora de un sauce llorón, ocultos detrás del tronco de ojos curiosos; pero seguro recordaba cada píldora que debía ingerir y los horarios, el nombre de las enfermeras que lo atendían y el número de la consulta del especialista a quien visitaba cada seis meses. Porque ella era así y caminar tomado de su mano era lo que necesitaba para que su tonto corazón siguiera latiendo.
Emprendían el retorno y sentía sus pasos un tanto inestables, pero respondió a la sonrisa masculina con un suave apretón de sus unidas manos. Sólo Dios sabía lo poco que disfrutaba haciendo estas caminatas diarias. Pero eran casi su religión desde hacía tres años. El susto de ver a Arturo al borde de la muerte era acicate más que suficiente para levantarle cada mañana, vestirse y acompañarle. Quizá él ya no recordara que sus flores favoritas eran las fresias o que cada sauce llorón era una marca en su corazón del lugar que cobijó los primeros besos compartidos. No obstante, él cada día le sonreía al despertase con un beso y tomaba su mano con la suya mucho más grande para recorrer juntos ese sendero. Y eso era todo lo que ella necesitaba, saber que iba a su lado para que su corazón latiera en paz.
Porque ellos eran así: gente sencilla, de hábitos arraigados. Los hijos ofrecieron pagar a un profesional para que acompañe a Arturo, las nueras compraron entre las tres uno de esos aparatos para caminar que se veía en las publicidades de la televisión, los nietos le invitaron a ir con ellos al gimnasio… Arturo agradeció a unos y a otros, pero prefirió tomar cada día muy temprano la manita de Celia y caminar a su lado, como aquella mañana de hacía cincuenta y cuatro años cuando salió de la capilla con su esposa del brazo.
(Ilustración: "Emiya y Saber" del Animé Fate stay nigth)







rosa-rizalas dijo
Que imagen tan tierna has creado en mi retina sin ser testigo.
Me gusta como cada uno cree que el otro se ha olvidado de su arbol, o de sus flores o de aquel momento de su historia en común, pero se necesitan tanto el uno al otro que eso no es lo importante, lo importante es estar juntos.
Como me gustaría dentro de 30 años pasear por ahi de la mano de Ferdi, sin ataque cardiaco de por medio claro está.
Besicos.
16 Julio 2009 | 12:01 AM