De Damiana I

Valentino era el típico inmigrante italiano de finales del siglo XIX en Argentina. Llegó con su familia a la edad de diez años y de eso ya hacían veinte. Aprendió el idioma, trató de ignorar lo mal que se vivía en los conventillos de Buenos Aires, donde se hacinaban varias familias como la suya en espacios que apenas convendrían a una. Llegado el momento de trabajar – siempre demasiado pronto para los hijos de los pobres– se enlistó en las filas de la Gendarmería y terminó en el medio del monte misionero.
La cosa no era fácil, pero el “tano” se las ingenió para no terminar muerto y pronto se fue habituando a la realidad de lo que sería su vida. La situación era bastante precaria pero cada tanto les tocaba ir a Posadas y allí directo al Cerro Pelón. El lugar debía su nombre a que estaba en la zona del puerto y de los prostíbulos, donde todas las mujeres que ejercían su oficio estaban completamente depiladas para evitar el contagio de piojos y demás pestes. No era lo mejor, pero aliviaba el ardor que los meses enterrados en la región cuasi selvática le generaban, además no se comparaba estar con una mujer a ninguna otra cosa que intentara para lograr satisfacción de su lujuria.
Nada cambió hasta ese domingo en el que fue hasta la Plaza 9 de julio para la tradicional “vuelta al perro”. No entendía mucho esa costumbre de ver y dejarse ver durante una hora caminando alrededor de la plaza a lo tonto, sin embargo tenía claro que para sobrevivir había que adaptarse. A poco de llegar e iniciar el lento recorrido junto a Rodríguez y al Negro Mendoza, vio al grupo de jovencitas de amplias faldas y risitas tontas. Una particularmente vivaracha, cautivó su atención. Era menuda de cuerpo, pero con curvas generosas y proporcionadas a su tamaño. Los ojos rasgados y negros hacían dúo con los cabellos recogidos en un estilo que no supo reconocer. La muchacha estaba viéndole y ante su ligera inclinación de cabeza a modo de saludo, los ojos femeninos resplandecieron y con coquetería ella le sonrió y le dio la espalda.
Damiana. Volvió a verla varias veces, siempre rodeada de las que según averiguó eran sus hermanas y una prima. Damiana tenía catorce años y él casi treinta, pero eso no impedía que la jovencita lo tuviera prácticamente babeando. No era un degenerado aunque a veces se preguntaba si no estaría volviéndose loco o algo así, porque no lograba superar la calentura en la sangre que le provocaba esa niña apenas crecida. Damiana era hija de un español dueño de una gran estancia en el interior de la provincia, hombre recio y orgulloso como le dijo doña Mercedes, dueña de la pensión donde se alojaban. La verdad era que Valentino tenía bien claro que solo en la plaza podría acercarse a esa hembra porque jamás coincidirían en ninguna otra parte.
De vuelta en el monte y las patrullas, sus noches se llenaban de imágenes del pequeño cuerpo de la muchacha y de las cosas que él le haría, cuánto quisiera enseñarle, cómo disfrutaría abrazando esa estrecha cintura y besando sus labios y toda la piel que pudiera. Las fantasías acababan inevitablemente de manera casi agónica para su cuerpo y se prometía vez tras vez que las haría realidad más temprano que tarde.
("Amor francés" de Gloria Llopiz)





Polly dijo
Me encanto!!!!! kiero la continuacion pronto!!! no nos hagas esperar se??
beshotes TKM!!
13 Agosto 2009 | 03:59 AM