De salas de espera...

Vivir en una pequeña comunidad es una novedad en mi vida. Antes era solo una cara anónima más en la multitud que entraba y salía de micros, edificios y elevadores. Ahora soy una de las habitantes de Holy Hill y la gente me saluda por el nombre, voy al supermercado y me preguntan cómo salió la receta de pollo a las hierbas, si mi cuñado viene este fin de semana o si mi hermanita aprobó el parcial que rindió hace dos semanas.
Camino mirando escaparates y recibo comentarios acerca de lo bella que se veía Alana el sábado o pronósticos para los próximos partidos de fútbol que no miraré. Es algo extraño y a la vez reconfortante formar parte, sin embargo, hay veces en las cuales es casi agobiante el saberte tan mirada.
Ayer recibí un pormenorizado resumen de las actividades de Danna durante la semana. Lo que no sería llamativo si me lo contara ella misma o alguna de sus amigas. Lo que hace de esto algo digno de mención es que me lo contó la madre de una compañera de trabajo de Alana, quien estaba sentada junto a mí en la sala de espera de la clínica médica.
La situación fue la siguiente: Esperando mi turno para la consulta, subí el volumen del reproductor y mientras Il Divo sonaba, abrí la primera novela publicada de mi amiga Flavia -ya te contaré acerca de la historia pronto- y me dispuse a no criar raíces. Al poco de hacerlo sentí la mirada de alguien sobre mí. Levanté la mirada y observé alrededor, dos o tres personas hacían más o menos lo mismo que yo, otras tantas se miraban los zapatos o las baldosas y una señora me sonreía directamente. Correspondí a la sonrisa y volví a las aventuras de Ian y Licer. Pasados un par de minutos alguien se sentó a mi lado, miré de soslayo: era la misma señora y continuaba sonriendo. Bajé el volumen de la música y ella notó el movimiento.
- Eres la hermana mayor de Alana ¿Cierto? -Asentí con un gesto- Sí, lo sabía. Ella es compañera de trabajo de mi hija. ¿Hace mucho esperas? Porque mi turno era para las nueve treinta y fíjate ya pasan cuarenta minutos... Si es que no hay como estas situaciones para aprender paciencia... Es que claro como no son ellos los que deben esperar... Aunque siempre es interesante porque una se encuentra con la gente y puede mantener el contacto... Creo que es la primera vez que hablamos... No, ya lo habíamos hecho en el matrimonio de Debby y Juancito.... -A estas alturas temía que le fuera a dar algo por la ausencia de inspiraciones entre frase y frase, pero parece que mis preocupaciones eran infundadas porque le sobraba aire para continuar con su casi monólogo.
- Creo que nos presentaron antes de la ceremonia, sí. -Mi primer intento de meter alguna palabra en la conversación.
- Tienes razón, estabas junto a Danna, a ella la conocemos bien. Casi desde que llegó a estudiar al campus... Claro que como vivía en los dormitorios de la universidad la veíamos muy poco... Ahora que lo pienso, antes del traslado de Alana ya conocíamos a Danna ¡Tan amable ella! La semana pasada la vimos caminar junto al hijo de Giuly, no iban tomados de la mano ni nada, pero no es la primera vez... ¿Hay novedades por allí? -Su sonrisa se hizo cómplice y mis neuronas se negaban a cooperar para dar alguna respuesta- Pero la verdad es que esperábamos que le diera una oportunidad al chico García. ¿Sabías que se recibe el próximo año? Sí, muy buen estudiante.
No logré averiguar en sus dichos quiénes eran los que esperaban esa oportunidad para el muchacho, lo que no quita que mi hermana ni siquiera lo registre en su radar. Antes de decir algo del todo inapropiado en consonancia con mis pensamientos poco generosos, ella atacó nuevamente.
- Dannita siempre está rodeada de sus amigos y eso desalienta a cualquiera si no forma parte de su grupo. Tal vez deberíamos hablarle para que no cierre las oportunidades de...
La voz de la recepcionista llamándome al consultorio me sonó tan bien como la canción de Il Divo en mis auriculares.
- Hasta luego. -Lo sé no soy muy elocuente a veces.
- ¡Hasta luego querida! No faltará oportunidad para que repitamos.
Créeme que hasta ahora no sé si eso era una promesa o una amenaza. Lo que sí aprendí es a no levantar la mirada la próxima vez en una sala de espera.
(Ilustración: "Atardecer en el pueblo" Museo de Arte Naïf Manuel Moral, Jaén, España)







jotatrujillo dijo
Puedes temerte lo peor. Esa oportunidad se repetirá. Aunque claves tus ojos en la puntera de los zapatos. Aunque al Il. Divo se le unan los Tres Tenores y la próxima novela de tu amiga sea premio Alfaguara. Hay personas muy preparadas para el chismorreo que no se arredran ante nada.
Muy buena esa reproducción "naif”, acorde con los entresijos de tu relato.
Un abrazo.
30 Septiembre 2009 | 07:20 PM