De Damiana II

Si alguien se preguntó alguna vez cómo terminó Damiana Blanco sola y con un hijo en un pueblo perdido del interior de Misiones, se cuidó muy bien de guardarse la curiosidad para sí mismo.
A los veinte años era una mujer de extraña belleza, las trenzas recogidas en lo alto de la cabeza, esos oscuros ojos rasgados y los vestidos de suaves telas que usaba llamaban la atención sobre su persona. Los vecinos de Mártires eran gente sencilla, de costumbres arraigadas y "la Damiana" era una mujer caída cuyas malas costumbres no eran del agrado de muchos. El gendarme con el que vivía había muerto en una redada en la frontera y contra todo pronóstico ella se quedó y crió a su hijo en la casita verde a la salida del poblado.
Don Antúnez decía que le recordaba a su Guadalupe, la malograda hija que perdiera décadas atrás, y fue ese parecido (que nadie más que el anciano encontraba) el que le valió la tomara bajo su ala y la contratara como cocinera de su casa. Aunque muchos pensaron mal de la situación y acusaron a "la Damiana" de malas mañas con el pobre viejo, las cosas no tomaron ese rumbo. Antúnez jamás logró separar la imagen de su hija de la de la joven que se traía cada día en brazos a un niño y se pasaba las horas entre cazos y fogones. El trabajo era duro debía cocinar para el patrón y para la peonada, pero no se quejaba porque podía tener junto a ella a Juan Antonio.
Valentino le había enseñado a vivir con lo justo, a divertirse hasta el límite y a no conformarse.
Damiana fue una buena alumna. A los dieciséis años se fugó con el "tano", por tres años fueron amantes y aunque la diferencia de edad se notaba, ellos no necesitaron dar explicaciones a nadie. El padre cura les visitaba cada vez que pasaba por el pueblo para que se "pusieran a cuenta frente a Dios", pero para su sorpresa era la jovencita quien se negaba sistemáticamente alegando que "de latines hasta las narices".
Cuando las noticias de la muerte del italiano llegaron hasta la casita verde, Damiana apretó en una delgada línea sus labios y cerró la puerta en la cara de un atribulado sargento Rodríguez, compañero de mil y una historias del muerto. No con poco asombro el sacerdote recibió en la siguiente visita a Damiana en la capilla y atendió el pedido de la joven viuda de "anotar" al pequeño. Firmemente pronunció su apellido, el hombre de iglesia intentó convencerla de que se podía arreglar que el niño llevara también el de su progenitor. No hubo argumento que valiera para mover a la madre de su postura y así Juan Antonio Blanco se alejó aún más aquel fantasma italiano que conociera su madre un domingo en la plaza principal de Posadas.
(Ilustración: "La viuda")






AVE FX ------ dijo
ESTOY ENGANCHADA A TU RELATO, QUIERO MÁS.
ABRAZOS Y BESAZOS
6 Octubre 2009 | 03:40 PM